Columna del Editor: El Mundo Sin Fotografía - Parte II - El Artista



Estamos en el atelier de un retratista angelino, atriles por doquier, pinceles y pigmentos en latas esparcidos por el suelo, y bocetos sin terminar, colgados en las paredes.

El hombre está retratando a una mujer, parada frente a él. La mujer, que ronda los 30 años, utiliza el pelo recogido, de color castaño, con ojos café, y quien, con gracia de bailarina, se mueve por el lugar, baila, ríe, y conversa con el artista, mientras sostiene una boquilla de dama entre sus dedos.

Tiene puesto un vestido largo, de noche, el cual llega a sus tobillos, y está cubierto en los hombros por un suntuoso tapado de piel. Su vestimenta es propia de la época, así que no destacaba mucho en ese sentido, salvo por la conjunción de belleza, estilo y clase de quien la llevaba.

El retratista, a quien por ahora llamaremos Bob Willoughby, se empeña en solicitar a la mujer que se quede quieta, para que pueda hacer su trabajo como es debido. "Señorita Hepburn, pese a que su cálida y divertida compañía ciertamente alegran mi trabajo, como sabrá, el mismo requiere de una concentración total, y una delicadeza extrema, por lo que el más mínimo movimiento suyo, puede hacerme realizar trazos inapropiados".

La actriz, quien sólo hacía poco tiempo había empezado a conocer la vida teatral, no tuvo más opción que la de quedarse quieta y sonreír.

Allá afuera, el mundo estaba repleto de casos como éste. Pintores y dibujantes, actores y políticos, todos ellos unidos por un lazo común, la necesidad de un retrato que proyecte su imagen al mundo. Es decir, qué personaje público que se precie no estaría metido en un taller durante algunas horas al día, para que con el mayor lujo de detalle y realismo, la obra de una persona, pueda darlos a conocer al mundo. Las equivocaciones no serían permitidas.

Hay quienes disfrutan de hacer esto, lo consideran una conexión completa con la musa artística. Hay quienes se quejan de que el proceso es muy tedioso, y se preguntan cómo, después de siglos haciendo lo mismo, no existe aún alguna forma de hacer esto de manera más rápida.

En fin, mientras volvemos al punto de partida, vemos como Bob termina su retrato. Le quedó espléndido, y a la señorita Hepburn le parece fascinante. El siguiente paso consiste en que la mujer lleve el dibujo al dueño del teatro, y éste pueda entregárselo a alguna imprenta, a modo de que ésta pueda imprimir los afiches de para la nueva obra de la compañía, Breakfast at Tiffany's.

Dejando esta imagen, la duda, en el espectador, de saber si la figura que veían plasmada en el dibujo o pintura, se vería realmente como éstos la mostraban.


Y hasta que no la vieran en persona, simplemente se convertirían en ideales lejanos. 


Ésta es una obra de ficción. Nombres, personajes, negocios, lugares, eventos e incidentes, son producto de la imaginación del autor, o están utilizados de manera ficticia. Cualquier parecido con personas reales, o eventos actuales, es intencional, y a la vez coincidencia.

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